La historia del txakoli esta asociada a los denominados “vinos de cosecha” y “tintos o blancos”. El cultivo de la vid en Bizkaia se documenta a partir de la Alta Edad Media mediante ordenanzas concejiles que permiten roturar libremente las tierras para plantar vides y adquirir maderas para los emparrados.




Un vino medieval que nunca se fue del todo
La historia del txakoli no empieza en las barras modernas, sino en la Alta Edad Media, cuando en Bizkaia ya se permitía roturar tierras y cortar madera para levantar emparrados. En los siglos XVII y XVIII vivió su edad de oro: solo en Bizkaia se producían cerca de 18.000 hectolitros al año frente a los poco más de 3.000 de Gipuzkoa. La franja costera, las Encartaciones y los alrededores de Bilbao se llenaron de viñedos, cosecheros y txakolinerías. Era un vino sencillo, ácido, casi doméstico, pero omnipresente. Durante mucho tiempo el txakoli fue “el gran conocido que nadie conocía bien”: estaba ahí, en todos los pueblos, pero sin prestigio. Hasta que llegaron enólogos, sumilleres y productores dispuestos a darle el lugar que merecía. María José Huertas, sumiller de referencia, lo resume así: “Antiguamente eran vinos ácidos y sin complejidad. Hoy encontramos txakolis realmente interesantes”. Parte de esa revolución se debe a nombres como Mikel Garaizabal, autor de Txakoli de Bizkaia. El viaje, obra clave para entender su nueva etapa. El resultado: un vino que ya no se justifica, se defiende solo.
Un sabor que conquista sin esfuerzo
El txakoli actual es fresco, afrutado, ligeramente ácido y con una graduación moderada —entre 9 y 11 grados— que encaja con las tendencias del vino joven. Se elabora con variedades autóctonas: Hondarrabi Zuri para el blanco y Hondarrabi Beltza para el tinto, aunque Bizkaiko Txakolina también admite Folle Blanche. Es fácil de beber, versátil y perfecto para acompañar mariscos, pescado, entrantes, pintxos y cualquier sobremesa que no tenga prisa por terminar.
Dos territorios, un mismo carácter
La primera denominación de origen fue Getariako Txakolina, reconocida en 1989, con 95 hectáreas y 17 bodegas entre Getaria, Zarautz y Aia. Bizkaiko Txakolina llegó en 1994 y agrupa más de 60 bodegas entre la costa, el Txori Herri, Bakio y los valles interiores. Hoy el cooperativismo y la innovación conviven con tradiciones centenarias. El 90 % del txakoli se consume en el País Vasco. El 10 % viaja al extranjero, como quien se va de Erasmus: vuelve con más fans.
Un futuro que ya está en marcha
El txakoli es un vino de año: nace, se celebra y se bebe joven. Su presentación oficial sigue siendo la feria de Santo Tomás, pero hoy está presente en cartas de alta cocina, tabernas de barrio y tiendas especializadas. Los viticultores siguen plantando nuevas viñas porque la demanda crece y las cepas jóvenes tardan tres años en dar fruto. Todo indica que lo mejor está por venir. El txakoli ha pasado de bebida campesina a bandera cultural. No es un fenómeno pasajero, es una historia que estaba escrita en las viñas y que ahora se cuenta en cada copa. Puede que los vinos del mundo aspiren a la eternidad, pero el txakoli nos recuerda algo aún más bonito: que hay placeres que se disfrutan aquí y ahora.
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