Hay lugares de Bilbao que se visitan y otros que se recorren; las Siete Calles pertenecen a la segunda categoría. Aquí nació la villa hace más de siete siglos y, aunque Bilbao ha cambiado muchísimo desde entonces, este pequeño entramado de calles sigue siendo uno de los mejores lugares para entender cómo empezó todo. Somera, Artecalle, Tendería, Belosticalle, Carnicería Vieja, Barrencalle y Barrencalle Barrena forman el núcleo histórico que hoy conocemos como el Casco Viejo de Bilbao. El trazado medieval sigue reconocible y, entre comercios, bares, restaurantes, cantones y plazas, todavía es posible imaginar aquella primera villa que creció junto a la Ría. Y sí, merece la pena recorrerlas sin prisa. Porque en Bilbao también hay historia que se disfruta con un zurito en la mano.



Aquí empezó Bilbao…
La historia de la villa tiene una fecha fundamental: 15 de junio de 1300. Ese día, Don Diego López de Haro otorgó la Carta Puebla que fundaba jurídicamente Bilbao como villa, en la zona de Begoña próxima a la Ría y al entorno del actual Casco Viejo. Un año después, Fernando IV concedería nuevos privilegios a la villa y en 1310 María Díaz de Haro reafirmaría y ampliaría la fundación. Pero aquello no era un territorio vacío. Ya existían asentamientos y actividades vinculadas al río, al comercio, a la pesca, a la agricultura y, en el entorno de Bilbao la Vieja, a la actividad relacionada con el hierro. La ubicación era estratégica. La Ría permitía conectar la villa con el mar y con las rutas comerciales hacia el interior. El puerto, el comercio y la posibilidad de controlar el tránsito de mercancías fueron fundamentales para que aquella pequeña población adquiriera rápidamente importancia.
De hecho, la propia Carta Puebla concedió a Bilbao un mercado semanal y estableció privilegios comerciales que ayudarían a impulsar el crecimiento de la villa.
Las tres primeras calles y el nacimiento de las Siete Calles
El primer Bilbao urbano se articuló alrededor de tres calles: Somera, Artecalle y Tendería. Son las calles que tradicionalmente se consideran el núcleo inicial de la villa y que posteriormente formarían, junto a otras cuatro, las famosas Siete Calles de Bilbao. La imagen es fácil de imaginar: un pequeño núcleo protegido por una muralla, con la Ría como gran vía de comunicación y las calles organizadas en paralelo. Somera, la primera de las siete, significa literalmente “la de arriba”. Es también la calle que todavía hoy conserva una enorme actividad y una de las zonas más populares del Casco Viejo para salir de poteo. Artecalle era la calle situada en medio. Su antiguo nombre, relacionado con los francos, recuerda la diversidad de personas y actividades que fueron llegando a la villa. Y Tendería, la tercera, debe su nombre a las tiendas y actividades comerciales que se desarrollaban en ella. Su relación con el comercio no es casual: Bilbao nació mirando a la Ría y con una clara vocación mercantil.
¿Cuáles son las Siete Calles de Bilbao?
Cuando hablamos de las Siete Calles hablamos de:
1. Somera
La primera calle. La “de arriba” es una de las más animadas actualmente.
2. Artecalle
La calle del medio, tradicionalmente vinculada a distintos oficios y actividades comerciales.
3. Tendería
La calle de las tiendas. Une el corazón del Casco Viejo con la zona de la Catedral de Santiago y la Ribera.
4. Belosticalle
También vinculada históricamente a la actividad pesquera.
5. Carnicería Vieja
Su nombre recuerda la ubicación de un antiguo matadero.
6. Barrencalle
Una de las calles que completaron el trazado medieval de la villa.
7. Barrencalle Barrena
La séptima y, literalmente, la situada más abajo.
Esta es la relación oficial de las siete calles que forman el núcleo histórico del Casco Viejo.
Un pequeño Bilbao protegido por murallas
La villa medieval estaba protegida por una muralla. No era únicamente una cuestión defensiva: también ayudaba a delimitar y organizar el espacio urbano. Con el paso de los siglos, las murallas y buena parte de las construcciones medievales desaparecieron como consecuencia del crecimiento de Bilbao, los incendios y las inundaciones. Pero todavía quedan huellas. En la calle Ronda pueden encontrarse restos de la antigua muralla medieval y el propio Ayuntamiento de Bilbao señala también restos en el entorno de Barrencalle. Es uno de esos detalles que pasan completamente desapercibidos si simplemente vamos de compras o de pintxos.
La Ría, el puente y San Antón
Si seguimos caminando hacia la Ribera, llegamos a uno de los lugares más reconocibles de Bilbao: la iglesia y el puente de San Antón. La iglesia actual es posterior a los primeros tiempos de la villa, pero el lugar ya tenía una enorme importancia antes de su construcción. Allí existían almacenes de mercancías y un pequeño puerto junto al punto donde se cruzaba la ría. Por eso San Antón aparece junto al puente en el escudo de Bilbao.
No es casualidad: ambos representan una parte esencial de la historia de la ciudad, la conexión entre las dos orillas y el papel de la Ría como vía comercial. Muy cerca encontramos además el Mercado de la Ribera, situado en un espacio que ya tenía funciones de mercado desde la Edad Media. La Carta Puebla concedió a Bilbao el derecho a celebrar un mercado semanal y aquel espacio se convirtió en uno de los centros de actividad de la villa. Es decir, si hoy vas al Mercado de la Ribera a comprar producto fresco o a tomar algo, estás pisando un lugar que lleva siglos relacionado con el comercio.
La Catedral de Santiago y el Bilbao de los peregrinos
Otro de los grandes protagonistas del Casco Viejo es la Catedral de Santiago. En el Bilbao medieval existía una ermita dedicada al Apóstol Santiago que posteriormente dio paso al templo que conocemos hoy. La iglesia se convirtió en la primera parroquia de la villa y su ubicación también está relacionada con el paso de peregrinos hacia Santiago de Compostela. Por eso caminar por Tendería, Santiago y las calles próximas a la Catedral es también recorrer una pequeña parte del Camino de Santiago en Bilbao. Y aquí aparece una de las grandes características del Casco Viejo: en muy pocos metros se cruzan comercio, religión, puerto, arquitectura, gastronomía y vida cotidiana.
Las cárcavas: el secreto escondido entre las casas
Hay otro elemento del Casco Viejo que merece la pena conocer: las cárcavas. Son pequeños espacios estrechos que separan algunos edificios y que en época medieval tenían una función práctica. Servían para mejorar la ventilación, evacuar el agua de lluvia y actuar como cortafuegos. En el Casco Viejo todavía existen alrededor de quince cárcavas. Algunas apenas alcanzan unos centímetros de anchura y otras llegan aproximadamente al metro. No suelen formar parte del paseo turístico habitual y precisamente por eso tienen ese punto de descubrimiento que tanto nos gusta en Bilbao.
Cuando las Siete Calles se quedaron pequeñas
Durante los siglos XV y XVI Bilbao creció rápidamente gracias al comercio y a su actividad portuaria. Las Siete Calles ya no eran suficientes para una villa que aumentaba su población y su actividad económica. La ciudad comenzó a crecer fuera de sus límites medievales hacia zonas como San Nicolás, Askao y El Arenal. El Arenal acabaría convirtiéndose en una de las grandes extensiones de la ciudad y en una pieza fundamental del Bilbao posterior. La villa medieval había empezado a transformarse en la ciudad que conocemos hoy. Quizá lo más interesante de las Siete Calles no sea únicamente que tengan más de 700 años de historia. Es que siguen teniendo vida. Hoy las calles medievales conviven con tiendas tradicionales, nuevos comercios, bares, restaurantes, galerías, pequeños negocios y algunos de los lugares más populares para comer pintxos y salir de poteo.
El Casco Viejo conserva además un importante patrimonio arquitectónico. La Catedral de Santiago, San Antón, Santos Juanes, La Bolsa, el Mercado de la Ribera o la Plaza Nueva forman parte de un conjunto que convierte esta zona en uno de los grandes lugares para entender Bilbao. Por eso, más que visitar las Siete Calles, nuestra recomendación es perderse por ellas.
Entrar por Somera, bajar hacia Tendería, cruzar Belosticalle, descubrir un cantón, asomarse a la Ribera, acercarse a San Antón y terminar tomando algo en alguna de sus terrazas. Y una buena excusa para volver al Casco Viejo con otros ojos.

